El jabalí.Pepa Muñoz.DeMogoda.cat
Pepa Muñoz
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Dissabte 24 de setembre de 2011,

El jabalí

 

Aquella noche del mes de julio visitaba con mi hermana Mari el Monasterio Budista del Garraf. Queriendo aprovechar  ceremonias, conferencias, meditaciones y las últimas moras que quedaban entre los zarzales, decidimos pasar la noche.

Fuimos a preguntar si quedaban habitaciones libres y el coste. Nos atendió un monje, joven y guapetón, de ojos azules,  mirada tímida e inocentona (un poco ida diría yo). Cabeza rapada, redonda sin golpe alguno. Alto, tirando a fornido y con unos pies del 45., Un muchacho amable y tierno, lejos del frívolo mundo de la carne poseído seguramente, por el habitad y el hábito.
 
Con  prudente entusiasmo iba explicando las ofertas mientras  nosotras con cara de místicas arrepentidas escuchábamos atentamente. Yo no me enteré muy bien porque aquellos ojitos aparentemente inocentes me tentaban hacer locuras sin meditarlas.

Dado que era media tarde y dudando de las habitaciones que quedaban libres, el monje se ausentó para cerciorarse. Momento el cual, aprovechamos para hablar entre nosotras y tomar una decisión; preferimos cenar en el restaurante y dormir en el coche.

A su regreso, antes de decirnos lo que fuera me acerqué a el y casi sin mirarle fijamente (por aquello del tembleque de  piernas, ya saben), le dije; “Veras, es que hemos pensado que, será mejor dormir fuera, bajo las estrellas ¿sabes?  Nos encanta la naturaleza, nos apetece disfrutar de los sonidos de la noche a esta altura y no tenemos mas dinero que para la cena”. Obtuvimos por respuesta una caída de parpados mientras recitaba el horario de cierre y apertura de las puertas del monasterio.

Sobre las 7 de la tarde fuimos a una conferencia sobre meditación. Dejamos las zapatillas fuera de una sala donde ya nos esperaba  un monje sentado a lo indio llamado Javier, creo. En su infancia le decían  Javier el torpe porque era muy torpe y con Javier el torpe se quedó. Pero el hombre ahora es muy feliz, es tan feliz como torpe. Bendito sea.

En la sala había unas cuantas sillas, cojines y colchonetas (o ¿eran alfombrillas? no recuerdo bien). Éramos seis personas, sin contar al maestro, cinco  sentadas como el, y la sexta que era yo,  en una silla de la que me colgaban las piernas. (Mal rato pasé intentando reprimirles  el  movimiento del vaivén).

Y bueno, allí estábamos mirándonos de reojo, tomando té con canela, oliendo a incienso  escuchado las aventuras y desventuras de Javier el torpe.

El ejercicio final fue una práctica de meditación (o, ¿era de relajación? Pues… tampoco me acuerdo. Vaya, vaya..!). Mientras explicaba las buenas posturas,  yo cambié la mía y me senté en el suelo al lado de mi hermana. Importantísimo el cierre de piernas si están estiradas. No llegué a enterarme  bien  del porque, pero me imagino que posiblemente sería para evitar cierto escape de concentración por las entrepiernas.

Y en mitad de la meditación, cuando ya hurgaba en lo más profundo, recreándome en un espacio limpio y puro,  sintiéndome envuelta en aroma de incienso y sudores reventones de pasión  por la celebración pagana que me monté con el recepcionista, va el torpe Javier y dice algo como que veríamos la luz.  Yo  ya  estaba viéndola y me quedé  a oscuras de repente. Uno de los visitantes comentó entre dientes  “Como  no voy a ver la luz si me está dando el sol en toda la cara… (Es que se sentó enfrente de la ventana ¿saben?)

Ya con los ojos abiertos, vidriosos, a punto de derretirse con tristes lágrimas, como borracha de nostalgia de aquel truncado momento  y con el culo dormido por la inmovilidad, lo único que se me ocurrió fue dar las gracias por  la enseñanza recibida,  pero que yo prefería caminar descalza por los campos  que estar sentada horas tras horas intentando ver mi  estructura ósea.

Con la despedida se acabó la sentada… Omito detalles de la labor circense que tuve que hacer para levantarme.

A las ocho de la tarde daba comienzo la oración a la que asistimos expectantes. Sin embargo la expectación poco duró; me quedé dormida, y por el codazo puntiagudo que mi hermana me atizó en el brazo izquierdo,  yo diría que con algún que otro ronquido. (Es que ella no ronca ¿saben? pero también echó unas cabezaditas) Lo cierto es que estábamos cansadas, y a pesar de los rezos, cánticos y sonidos de caracolas no pudimos evitar abandonarnos  en las dormidas.
Lo siguiente fue la cena. Buffet libre a base de verduras, hortalizas, lentejas hervidas, caldo con sabor personalizado (es que a cada una le sabia diferente…) panecillos, frutas y yogurt natural buenísimo de elaboración propia. La verdad es que comimos muy bien.

Cuando salimos del restaurante las puertas principales estaban ya cerradas, pudiendo entrar por otra auxiliar si  se necesitaba, según nos dijo el monje buenorro de recepción.

Un paseíto, un lindo paseíto nos dimos  por los alrededores medio asfaltar. Bajo las farolas, con bombillas de bajo consumo, con un silencio  salpicado por  el  revoloteo del viento, con apariciones fugaces de insistentes insectos chupadores, con la vista escapándose hacia sitios oscuros y protegidos donde poder dar complacencia a los efectos de las verduras cuando llegara el momento…

Fue un paseo lleno de complicidad entre las dos. Sin intercambio de vocablo alguno tan solo el sonido de nuestros pasos sobre la gravilla, y los suaves vientecillos ahogados por la vestimenta (no por la vergüenza) que se escapaban, abandonando tras de si un intenso olor a puerro. 

Verán, mi hermana Mari es una persona aparentemente delicada y tímida, se diría que nunca oye tormentas que le haga sobresaltarse. Mantiene un equilibrio emocional que ya me gustaría tener. Sin embargo hay circunstancias en las que abre su caparazón y fluye una corriente de humor fino y silencioso que provoca inevitablemente una sonrisa.

Esta  pequeña radiografía que le hago con el corazón hinchado de mucho cariño (no se si ella sabe cuanto, posiblemente se lo diré un día de estos cuando me sienta tierna), es tan solo una  parte de lo que realmente siento que es mi hermana Mari.
 
Seria las doce de la noche. No había nadie en las afueras ecepto nosotras.

Aprovechando el desnivel del terreno, cerca de la entrada principal habían construido un muro, quedando arriba un paseo y abajo aparcamientos. Pusimos el coche con el morro  frente al muro dejando un pequeño espacio.

La noche tragaba horas despojándose de contenido  mientras nos preparábamos para dormir. Yo no tuve problemas en hacer mi primera necesidad fisiológica. Me puse junto al árbol más cercano.  Ninguno tenía el grosor de mi culo, y al no haber nadie que pudiera verme era una tontería esconderse tras uno, así que, cualquier sitio me iba bien. Terminé satisfactoriamente. En cambio Mari, era evidente, tímida y delicada se agachó delante del coche. Escondida, toda ella recatada, vigilante para no ser vista de tan enorme delito de mear en terreno religioso, se ocultó en aquel espacio tan justo rozando las nalgas contra el muro.  Ni que decir que esa versión de figurilla navideña versión femenina  merecía unas risitas.

De repente, como quien no quiere la cosa oímos un coche con las luces encendidas, claro está, acercándose lento. A Mari se le corta el chorrillo y para no dejarse ver, da pasitos de lado y en cuclillas  en el mismo sentido que el coche. A medida que el coche avanzaba, ella iba hacia el lado contrario. Cuando ya vimos el trasero del coche, estaba fuera del agujero totalmente desprotegida  con los glúteos arañados por la áspera pared del muro.  Sin embargo, estaba tan preocupada para que no la vieran que se le olvidó subirse las bragas, bajarse la faldilla y algo importante; incorporarse. Ni tiempo tuvo de hacerlo cuando horrorizadas nos miramos fijamente al oír un gruñido espantoso. Sin movernos y sin respirar, por segunda vez lo escuchamos más cerca. El miedo nos volvió blanca. Yo estaba al lado de  la puerta lateral trasera del coche abierta pero era incapaz de subirme. Mi hermana manteniendo la misma postura de sentadilla. De repente  apareció por detrás, a unos diez pasos un enorme y deforme monstruo (Esa era la distancia porque era la misma  que me separaba de ella, o sea que yo estaba a veinte pasos de la bestia, ¿me siguen?). Pues esa bestia grande como un búfalo avanzaba sin reparo emitiendo desagradables ronquidos. Le dije a mi hermana que no se moviera si no quería ser embestida por un hediondo jabalí. A lo que me contestó… ¡nada! No me dijo nada porque tenía los ovarios fuera de su sitio por tener el culo al aire, y a la pobre se le había enredado las cuerdas vocales en la goma de su ropa interior dejándola sin expresión alguna.

El grotesco animal  se aproximaba removiendo el suelo con el hocico,  a la vez que Maria, con su ya eterna posición de reclinada, movía sus temblorosas piernas arrastrando los pies hacia el coche. Y saliéndole débilmente de su agarrotada garganta unos sonidos pude entender que le echara una madalena. -¿Madalena quieres ahora Mari?- le pregunté extrañada. Era evidente que no. Era imposible que en aquella circunstancia pudiera sentir la sensación de apetito. En fin, yo estaba sin estar en mí.

Sin alboroto ni aspavientos me giré e inicié el tanteo en la bolsa de  comida encontrando unos carquiñolis, y eso le tiré.

Continuaba hozando pues, el salvaje marrano, cuando mi agotada y ya anquilosada hermana emprendió una ligera carrera hacia el coche.

Aun no habían apagado las farolas estábamos ya cada una en un asiento, estiradas sin sujetador intentando dormir. Sin embargo no dar rienda suelta a la imaginación creando caricaturas sobre las experiencias del día, era un desperdiciar la oportunidad de comunicación familiar. Pasamos unas horitas bien divertidas dándole movimiento al cuerpo con las carcajadas.

Mientras paulatinamente conciliábamos el sueño, veíamos a través de las ventanillas una oscuridad infinita, de la que colgaba una luna llena rebosando blancura y estrellas salpicando chispas. Ni que decir del sosegado silencio que hacia enmudecer cualquier pensamiento lógico.
Sentíamos una paz extraordinaria, libres de cualquier disciplina, sintiendo el valor de la paciencia del tiempo y gozando de las riquezas espirituales sin acordarnos no tener otras. Fue un magnifico esparcimiento.

El domingo cuando nos despertamos ya estaban las puertas centrales abiertas. Anduvimos de nuevo por todo aquello y de nuevo rodeamos la tunda haciendo girar todos los molinillos. Volvimos al lago, que aunque bastante descuidado no dejaba de tener su encanto. Por la arboleda, unos árboles viejísimos, gigantescos formaban parte de su estampa. A más de uno abracé, por aquello de la transmisión de energía positiva.

Un fin de semana extraordinariamente enriquecedor. Cargadas de aire limpio volvimos y con una sensación de estar todavía meditabundas.

Y esto es todo. Bueno en realidad no lo es. No he contado el gran diluvio del mismo sábado ni la catarata que se colaba por el techo del restaurante. Eso es otra historia.

Pepa Muñoz

 

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