EL PIRATA DE LA PATA DE PALO
_ ¿Es para pescar?
_ Sí.
_ ¿Y el hilo?
_ No necesito.
_ ¿Cómo se puede coser sin hilo?
_ No sé.
_ ¿Tiene barco?
_ Sí.
_ ¿Y donde está?
_ No sé.
_ ¿Lo ha perdido?
_ No.
_ ¿Entonces?
_ ¿Entonces qué?
_ El barco.
_ ¿Qué le pasa al barco?
_ ¿Dónde está?
_ ¡Ah!
Se hace un gran silencio, solo interrumpido por las olas acariciando la arena de la playa.
_ Tengo que irme. ¿Mañana estará?
_ ¿Dónde?
_ Aquí.
_ No sé.
El viejo se queda mirando al crío y con la cara perpleja, lo mira como se aleja por el camino de la huerta.
El día no tenía mucha pinta de aclarar. Seguiría lloviendo durante bastante tiempo. Eso lo sabían de sobra los pescadores. Posiblemente tardarían días en volver a salir a pescar.
Hoy la reunión era en la taberna de Mauro. Allí se congregaban todos los que tenían sangre salada en las venas. Viejos y jóvenes parecían tener en común un mismo sentimiento: El amor por el mar.
_ ¡Mauro, ponme una cerveza que esté bien fría!
_ ¡Enseguida Bartolomé!
Bartolomé era uno de los pocos que a pesar de no ser muy mayor, había pasado más tiempo en el mar que muchos de los viejos pescadores, ya que con muy corta edad, ya marchaba a pescar con su padre, mar adentro. Sabía tanto de pesca que hasta los más ancianos del lugar le respetaban por su sabiduría.
La tarde estaba llegando a su fin y una noche tremendamente negra se estaba adueñando de todos los rincones de aquel pequeño pueblo del mediterráneo. Los niños ya no correteaban por las calles y era raro ver a mujeres que no fueran ligeras de cascos fuera de sus casas. La noche estaba destinada solo para el uso y disfrute de los varones.
Las luces de las farolas habían comenzado a encenderse y un ejército de insectos voladores bailaba en un estrepitoso y peligroso baile mortal. Por las chimeneas comenzaba a salir un humo invisible con olor a brea quemada. Otro días más, sin pescado en las mesas de aquella pobre gente.
Siguió lloviendo durante toda la noche, incluso con más fuerza que durante el día, rompiéndose el cielo, en torrenciales mares, sobre los tejados de las casas.
El día no amaneció más claro que el anterior, pero por lo menos había dejado de llover. Aquella mañana el mercado se había despertado como un pueblo fantasma. La gran mayoría de sus paradas, eran de pescado y no había nada que vender. Las calles no eran diferentes, las pocas personas que paseaban por ellas, parecían aletargadas, como si aún no se hubieran despertado. Solo algún perro callejero, se atrevía a romper el silencio con ladridos inesperados.
Mientras tanto en el muelle, un viejo seguía remendando redes. Por el camino de la huerta, un crío bajaba andando. Su paso lento, parecía torpe. El viejo levanta la cabeza y lo mira como se acerca. Reconoce su cara y vuelve a bajarla para seguir tejiendo.
_ ¡Hola! ¿Aún sigue tejiendo?
_ Sí.
_ ¿Le quedan muchas redes?
_ Puede.
Se hace un gran silencio. El muchacho se quita la chaqueta y se sienta en una piedra que hay junto al viejo, que sigue absorto en su trabajo. Tiene la cara quemada por el sol; sus manos no tienen mejor aspecto, están tan agrietadas que apenas deben tener tacto.
_ ¿No tienes nada mejor que hacer muchacho?
_ ¡Tal vez! Pero me gusta mirarlo mientras trabaja.
_ Pues vaya tontería hijo.
El viejo pescador no sale de su asombro, pero echando la vista atrás, le viene una imagen borrosa de él, cuando era pequeño, mirando a su padre. Aquel crío debía de rondar los once años, pero tenía algo en sus ojos que le transmitían calma y ternura. Seguramente, el recuerdo de su padre y del mismo en la playa, aquellos atardeceres de noviembre.
_ Mi padre me ha contado, que mi abuelo también tejía redes.
_ ¿Y quien es tú padre?
_ Un gran pescador.
_ No me cabe la menor duda. ¿Y quien es tú abuelo?
_ No lo he conocido, murió cuando yo era pequeño. Pero mi padre me habló alguna vez de él.
_ Y ¿Cómo se llamaba tu abuelo? A lo mejor lo conozco.
_ Se llamaba Bartolomé, como mí padre. ¿Lo conocía?
_ ¿Bartolomé dices? No se, creo que no, pero si me explicas algo más, igual lo recuerdo.
_ Mi padre me contó, que lo veía llorar muchas noches cuando llegaba a casa. Con las manos y el corazón destrozados. Siempre trabajando y trabajando. De sol a sol. También me contó que su madre, o sea mí abuela, siempre andaba quejándose de que los chicos, que eran cinco, no le dejaban respirar y en cambio, el abuelo solo se quejaba de que respiraba demasiado, pero le faltaba tiempo para sentarse al lado de sus hijos y contarles historias de piratas, o de simples pescadores, que de esas sabía muchas. Con tanta tristeza vivía el abuelo, que su mujer, mi abuela, un día se cansó y se marcho de casa, llevándose a cuatro de sus hijos y dejando al mayor de todos con mí abuelo. Según mí padre, que era el mayor, seguramente lo abandonó por lo mucho que se parecía al abuelo. Y así los dos Bartolomés, padre e hijo, tuvieron que consolarse durante bastante tiempo, hasta que el dolor se gasto de tanto usarlo y les hizo más fuertes a los dos. El abuelo fue envejeciendo y tuvo que dejar de faenar. Papá en cambio, se hizo adulto y paso a formar parte de la tripulación del Salamar, yéndose a pescar atunes y ha tener las manos destrozadas junto con el corazón. Yo acababa de nacer.
_ ¿Le estoy aburriendo verdad?
_ ¡No hijo sigue, me interesa tu historia!
_ Bueno, tampoco hay mucho más que contar. Solo que papá y el abuelo, tuvieron una gran discusión. Mi madre se quejaba de que tenía demasiado trabajo y de que el abuelo que según ella ya chocheaba, le daba aún más. Total, que un día el abuelo desapareció y según me contaron, al cabo de un año murió.
El viejo levanta su cabeza y mirando al muchacho, le pregunta.
_ ¿Y tú como te llamas?
_ Bartolomé, como mí padre y como mí abuelo.
_ ¿Y usted como se llama?
_ Con el tiempo lo he olvidado. Algunos me llaman viejo, otros pescador.
_ ¡Pero esos no son nombres!
_ Ya pero con el tiempo uno se acostumbra.
_ Estoy pensando… ¡Igual le parece una tontería!
_ ¡Habla muchacho!
_ ¿Puedo llamarle abuelo?
_ No creo que sea una buena idea. A tu padre no le hará gracia.
_ ¿Y qué? Será nuestro secreto.
_ Bueno si es así.
_ ¡Así será! Y ahora he de marcharme, si no quiero que mamá se enfade.
_ Esta bien Bartolomé ¿Vendrás mañana?
_ Vendré.
Aquella noche Bartolomé durmió, como hacía mucho tiempo que no dormía. Pero esa noche, iba a ser la más larga de las noches. Antes de acostarse, anduvo buscando en el viejo baúl, hasta que lo encontró.
Sabía que no andaba muy lejos. Lo sostuvo entre sus manos unos instantes, le quitó el polvo y leyó en voz alta: “El pirata de la pata de palo”. Su amigo se llevaría una gran sorpresa. Luego se fue a la cama y se durmió abrazado al viejo libro. Tanto hacía que no dormía, que se le durmió el alma, el corazón y la razón. Su aliento se apagó esa misma noche. Entre sus brazos un libro: “El pirata de la pata de palo”.
Nadie sabía que le había ocurrido, pero todo el mundo lo lloró. Lo enterraron una mañana lluviosa de esas que calman. No hubo muchas flores. Pero sí, hermosos sentimientos.
Pasaron los días y Bartolomé no olvido sentarse ni un solo día en aquella piedra a la orilla del mar, que hay en el camino que va a la huerta, a esperar a su viejo amigo.
Alguien bajaba ahora con paso lento, mirando al muchacho.
_ ¡Gracias a Dios! ¿Dónde te habías metido?
_ He estado aquí papá. ¿Qué ocurre?
_ ¿Pero qué haces aquí?
_ He quedado con un amigo.
_ ¿Te refieres al viejo que cosía redes? Sandro me contó que te había visto hablando con él.
_ Es verdad papá, ¿Le conoces?
_ Sí, pero creo que no lo suficiente.
_ No lo entiendo. Lleva dos días sen venir. ¿Estará enfermo? ¿Tú sabes dónde vive?
_ Verás Bartolomé, tengo algo que contarte, pero antes toma esto.
Bartolomé cogió el viejo libro entre sus manos y leyó.
_ “El pirata de la pata de palo” ¿Y esto papá?
_ Es para ti. Sigue leyendo.
Bartolomé abrió el libro, en la primera hoja, descubrió unas palabras escritas torpemente, por alguna mano temblorosa. Nervioso leyó.
“Bartolomé, deseo que este libro sea tuyo como lo fue de tú padre e incluso mío. Algún día se lo podrás leer a tus hijos. Mientras tanto, pídele a tu padre que se siente junto al fuego y en el momento más mágico, cuando todo esté en el más absoluto silencio, leer juntos esta historia. Y juntos guardadla en vuestro corazón. Yo la tengo junto a vosotros, en el mío.”
Tu abuelo Bartolomé.
_ ¡Papá, no entiendo nada!
_ Tranquilo hijo, ya te explicaré. De momento vamos a casa.
_ Pero ¿Este libro?
_ Hijo, este libro era de tú abuelo.
_ Y ¿Por qué me lo das ahora?
_ Porque es ahora cuando él ha querido que te lo diera.
_ No entiendo ¿Pero el abuelo no había muerto?
_ Lo siento hijo, te mentí. Es cierto que te dije que había muerto, pero lo cierto, es que lo había hecho en mí corazón.
_ Entonces ¿Está vivo?
_ Lo siento, pero murió hace dos días.
_ ¿Y como no me habéis dicho nada?
_ No sabíamos que lo conocías.
_ Es que no lo conocía, pero me hubiera gustado verlo.
_ Bartolomé, aún no lo has entendido. Tu abuelo, era el amigo que esperabas. El viejo que cosía redes.
Un profundo silencio, invadió al muchacho. Aquellas palabras resonaron en su pequeño corazón una y otra vez. Al cabo de unos segundos se levantó y se puso a caminar hacia el camino de la huerta.
_ ¡Bartolomé! Gritó el padre preocupado.
Pero Bartolomé siguió andando y subiendo el camino de la huerta. Solo cuando hubo llegado a lo más alto, desde donde podía divisar todo el mar y su horizonte, llamo a su padre y le grito sonriendo.
_ ¡Papá! ¿Sabes una cosa?
_ ¿El qué hijo?
_ ¡Sabías que el abuelo se llamaba Bartolomé como tú y como yo? ¿No te parece genial?.....
Puri Córcoles
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